El Dr. Fernando Barrientos llevaba seis meses de rotación, procedente del Hospital Ramón y Cajal de Barcelona, en el servicio de Neurocirugía del Hospital Princesa Fernanda de Santander y en ese tiempo se había hecho imprescindible, siempre disponible, atento y competente. Pacientes, compañeros y enfermeras estaban encantados. Su habilidad en el manejo del microscopio quirúrgico era encomiable y su noviazgo y próxima boda con la instrumentista más apreciada del quirófano era notorio y admirado. Hacían una pareja envidiable. Ella con ese encanto natural que desprendían sus bonitos ojos almendrados y castaños por encima de la mascarilla, su voz de locutora de radio y una gran habilidad para ofrecer el instrumento necesario antes de que lo pidiera el cirujano. Él siempre formal y bien vestido, con unas maneras exquisitas y un temple en el quirófano extraordinario, paciente para la docencia, nunca una palabra más alta que la otra, incluso en los peores escenarios (el novio ideal decía su futura suegra).
El jefe de servicio, Dr. Manrique, planeaba contratarlo de inmediato en cuanto acabara la residencia, el tema de la tesis doctoral ya lo tenía pensado y, por supuesto, iba a ser su director. En esos seis meses ya había desatascado dos artículos que estaban en trámite de publicación en revistas del primer cuartil. “Este chico es una mina”, pensaba.
El congreso nacional de Neurocirugía tenía lugar ese año en Alicante. A última hora y con todo organizado Barrientos llamó a su jefe. No podía acudir, tenía que desplazarse a Barcelona por una enfermedad del padre. Así que Manrique tendría que acudir en solitario.
Durante una de las pausas del congreso, mientras se repartían cafés, refrescos y pastas. Manrique coincidió con su colega del Ramón y Cajal, el doctor Cisneros, que estaba acompañado por el jefe de residentes de su servicio.
- ¡¡-¡Cisneros! ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿cómo va todo? – dijo dándole un abrazo.
- -Manrique ¡Qué gusto verte! Oye, me ha encantado esa comunicación que has presentado. Menudos resultados en el tratamiento del glioblastoma.
- - Eso es mérito de Barrientos - dijo orgulloso - ese residente tuyo que está rotando con nosotros, está haciendo un trabajo extraordinario. Me parece que te lo voy a robar en cuanto acabe la residencia.
- -¿Barrientos? ¿quién es ese? No tengo ningún residente con ese nombre, ni ninguno que esté rotando en Santander. ¿Tú lo conoces? – preguntó dirigiéndose a su acompañante.
-- - Dr. Manrique, ¿tiene una foto de ese residente? – dijo el jefe de residentes
El El Dr. Manrique estaba anonadado. Sacó con mano temblorosa su teléfono móvil y le mostró una foto de Barrientos.
- A este lo conozco, es Fernando, no me acuerdo de su apellido. Iba a mi clase en la universidad autónoma, no fallaba una. Un tío majo, muy popular porque hacía unos apuntes extraordinarios y sabía muchísimo, pero nunca lo veíamos los días de examen. Dejamos de saber de él cuando nos graduamos. No asistió a la ceremonia, ni tampoco lo nombraron. Allí descubrimos que nunca estuvo matriculado. Imagínese como nos quedamos todos.
El Dr. Manrique estaba pálido, él nunca había revisado la documentación del residente y no asistía a las reuniones de la comisión de docencia, había dado por supuesto todo lo que Barrientos le había contado.
Llamó de inmediato a Barrientos. Le contestó un mensaje automático: “el número marcado no existe”.
Benigno F.
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