Tiene gracia la cosa de los titulares periodísticos y los de la crítica literaria son el epítome de como engañar a alguien. El periódico "La Razón" titula: " Una obra maestra del género que atrapa hasta el final " y, claro, uno se pone todo ilusionado esperando encontrar a Chandler, Ellroy, luego lee el resto del artículo y se percata de que nada es lo que parece, porque James Kestrel es el seudónimo de Jonathan Moore, escritor que tiene unas cuantas obras de similar temática y el titular del reportaje no aparece por ningún lado en el artículo. Aún así, pero con la suspicacia gallega en nivel cuatro de la escala de cinco, uno decide darle una oportunidad a la novela, porque quién soy yo para dejarme llevar por los prejuicios o por absurdas preguntas como: ¿Por qué un escritor publica con seudónimo una novela de estilo similar al del resto de su obra? Igual es que quiere engañar a Hacienda porque engañar al lector, uno, en su inocencia, ni se lo plantea. La cosa ...
Tras la satisfacción proporcionada por la lectura de dos novelas de este autor ambientadas en el antiguo Japón y el soporte de alguna crítica positiva de esta novela, abordé la lectura de esta novela con buena predisposición y con escaso ánimo crítico, a medida que he ido progresando en sus páginas, ambas han ido cambiando. No es que la novela sea mala desde el punto de vista del entretenimiento, sencillamente es que le falta originalidad, abundan los estereotipos habituales de los best sellers y uno no se quita la sensación de estar ante la enésima repetición de "El código Da Vinci" (por mencionar una), con algunas gotas de "los niños del Brasil" y, por supuesto, con algunos datos de artes marciales y ambientes orientales. Todo ello forma un cóctel que resulta agradable al paladar, pero que no aporta nada nuevo ni interesante, con lo que a la novela le falta carácter y resulta difícil de calificar positivamente. Uno no sabe si está ante una novela de ciencia...