El Dr. Fernando Barrientos llevaba seis meses de rotación, procedente del Hospital Ramón y Cajal de Barcelona, en el servicio de Neurocirugía del Hospital Princesa Fernanda de Santander y en ese tiempo se había hecho imprescindible, siempre disponible, atento y competente. Pacientes, compañeros y enfermeras estaban encantados. Su habilidad en el manejo del microscopio quirúrgico era encomiable y su noviazgo y próxima boda con la instrumentista más apreciada del quirófano era notorio y admirado. Hacían una pareja envidiable. Ella con ese encanto natural que desprendían sus bonitos ojos almendrados y castaños por encima de la mascarilla, su voz de locutora de radio y una gran habilidad para ofrecer el instrumento necesario antes de que lo pidiera el cirujano. Él siempre formal y bien vestido, con unas maneras exquisitas y un temple en el quirófano extraordinario, paciente para la docencia, nunca una palabra más alta que la otra, incluso en los peores escenarios...