
He leído un buen número de libros de esta serie del comisario Montalbano. Son tantos que ya no sé cuáles he leído y cuales no, así que cada vez que empiezo uno tengo la duda, consulto el blog y veo que solo hay dos o tres reseñados, pero yo sé que son más, reviso mi libro electrónico y encuentro algunos que he leído y no han sido reseñados, pero sigo convencido que se son más, busco en mi biblioteca y encuentro algunos de la época en que no existía el libro electrónico y confirmo mis sensaciones. Después de darle tantas vueltas, empiezo este pero no del todo convencido de no haberlo leído.
Por suerte, nada más comenzarlo confirmo que no es así, porque no recuerdo esa herida de bala de la que atormenta a Montalbano al inicio de la novela y las circunstancias del secuestro no me son familiares, tampoco los diversos platos de gastronomía siciliana que va degustando el comisario durante la novela y con facilidad me introduzco de nuevo en el entorno familiar de Vigata, como el que vuelve de vacaciones al pueblo en verano y lo encuentra igual aunque hayan pasado muchos años.
Eso sí, confirmo nuevamente la relación directa entre Camilleri y Vázquez Montalbán y que no sería mala idea resucitar a Pepe Carvalho y que protagonizara una novela con Salvo Montalbano y me entra la curiosidad de preguntarle a Camilleri por esa relación tan curiosa, no solo en el nombre de su comisario, sino con su afición gastronómica, su soledad (un poco misógina) y el paralelismo entre Biscuter y Cantarella, pero no tengo duda de que esa relación existe, que probablemente se conocieron y, me hubiera gustado que intercambiaran bromas sobre sus personajes y sus coincidencias.
Sea como sea, leer una novela de Camilleri es siempre un soplo de aire fresco entre tantos investigadores (e investigadoras) llenos de complejos, adictos a la bebida o a las drogas, encajadores de palizas tremendas, en contraste con este siciliano aficionado al buen comer, con apreciable sentido del humor y cuyas investigaciones son tan creíbles que el autor tiene que recurrir a esa frase tan manida de "cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia".
Porque las historias policiales de Camilleri tienen un halo de realismo brutal y las adereza con crítica social, política y hechos mundanos que dan una justa medida de lo que debe ser una excelente historia policial, sin necesidad de recurrir a giros argumentales complejos, personajes malvados propios de película de James Bond o a magia y efectos especiales.
Es normal que cuando me encuentro atascado mentalmente en la lectura recurra a este autor que consigue que no tenga que exprimir mi corteza cerebral para entender el relato y a la vez me produzca la suficiente excitación para leer de forma desmesurada e incluso pensar sobre la condición humana y sus circunstancias.
Hay que leer más a Camilleri, a Vázquez Montalbán, a Simenon y a Chesterton.
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