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El ala izquierda (Cegador I) - Mircea Cartarescu

 El ala izquierda – Impedimenta 

Soy un ignorante, está claro, he leído reseñas y comentarios de todo tipo sobre este libro y su escritor, todos ellos positivos, debe ser por eso por lo que suena su nombre con frecuencia para el Nobel, pero yo (por lo menos en este libro), todos los detalles laudatorios los veo como negativos y eso que el propio escritor me lo advertía.

 «Se puede probar todo, pero el que no percibe, aquel para el que no existe una zona de la realidad, se cansa enseguida de preguntar como será, a qué se parecerá eso que no va a conocer jamás. Las especulaciones metafóricas son para él simples juegos culturales, símbolos con valor estético, antes que una necesidad profunda de definición». 

Lo reconozco, lo he dejado a la mitad, un poco desesperado porque no me enganchaba pese a la belleza de las palabras, al excelente uso (incluso abusivo) de los términos y descripciones anatómicas, de las bellas metáforas, a algunos pequeños relatos de «realismo mágico», fragmentarios, interesantes, pero siempre sin culminar, sin clímax o simplemente el escritor no ha sabido alcanzar mi punto G lector. 

«Pues el diafragma, semejante a un muro entre dos reinos, divide nuestro organismo en dos zonas de polaridades opuestas. Por encima del diafragma dominan los signos de aire y fuego y, debajo, los de agua y tierra». 

No, este libro (por lo menos ahora) no es para mí y lo digo con tristeza porque demuestra mi incapacidad para alcanzar el éxtasis con el que lo señalan la totalidad de sus lectores. Me intento consolar con falsedades como que la mayoría no se atreve a criticar, o que se han dejado engañar por las bellas palabras, como con esas canciones bonitas pero que en realidad no cuentan nada, o con lo inane de los que dicen que «lo bello es difícil». Ni siquiera he llegado a esa página, o entre tal alud de palabras, no se habido detectar, donde alguno ha encontrado la explicación a todo.

«En ese sueño que he intentado describir a lo largo de tantas páginas y que tuve por primera vez a los doce años, inmediata o casi inmediatamente después de abandonar el hospital de Colentina.» 

Me he cansado de bostezar, de tener que volver atrás para saber de qué estaba hablando, de no conseguir dominar el hilo temporal, de no saber si bombardeaban americanos pero en Rumanía había negros de Nueva Orleans cantando y bailando en cabarets con una historia interesante que contar, o si había alemanes amables y al mismo tiempo rusos impresentables, de no saber si habla de recuerdos de su madre o de sueños propios. Me he hartado de onanismo mental, prefiero un masaje perceptible y directamente genital.

Me quedo con la sensación de que el autor, tras años de escribir frases excelentes, las ha querido injertar en un libro y ha desarrollado su narración (?) alrededor de ellas, buscándoles el hueco correspondiente para plantarlas. Simples semillas, pero no las he visto crecer, no han dejado fruto alguno en mi cabeza. Reconozco que es diferente, que tiene personalidad, pero seguimos caminos mentales divergentes y no tengo tiempo, ni ganas para recapacitar.

Pero claro como el propio autor dice: «¿Qué pasaría con el mundo de este libro ilegible, de este libro?».

Igual me pongo otro rato con él, porque me molesta no acabarlo cuando llevo más de la mitad, pero solo será por empecinamiento, no creo que cambie mi opinión y será poco probable que vuelva a este autor porque he demostrado suficientemente mi incompatibilidad mental.

Y ahora releo esas frases que he ido subrayando y me quedo maravillado por todo lo que contienen, pero persisto en mi capricho de no seguir dando vueltas en espiral interminable, en no insistir en la búsqueda final de la salida del laberinto, he decidido tumbarme y esperar, sin ni siquiera esperanza de que pase nada, solo descansar y permanecer con los ojos cerrados. Tiro la toalla, vencido por KO técnico en el cuarto asalto.

«Soy adulto, es decir, imbécil, es decir, cansado, mi vida está definitivamente acabada, pero hago lo único que me queda por hacer, es decir, deslizar miradas lúbricas y febriles por el edificio-telón, por el diafragma de mi cuerpo, como un voyeur de mi propia vida.» 

Sigo su consejo y me alejo abrumado a mirar de lejos. 

Benigno F.

Addendum:

Me había comprado dos libros nuevos, dos de esos ligeros, una novela negra y otra de ciencia ficción, pero (inconveniente de los libros electrónicos) el libro se ha vuelto a abrir en la última página leída de este libro y lo he sentido como si me hubieran dado la revancha, así que he vuelto al combate con energías renovadas como si fuera Stallone revivido en Rocky de nuevo.

La cosa se ha puesto inicialmente interesante, surge una historia de estructura casi sublime, descrita con palabras y frases extraordinarias, pero queda suspendida y pienso que el escritor volverá a ella. Mientras tanto se entretiene en contarnos cosas de su infancia y me resultan muy interesantes cuando relata como los niños exploran casas vecinas e incluso se aventuran en un terrado, como hacíamos nosotros entrando por la portería y luego saltando de terrado en terrado y saliendo por otra, pero llega a una parte dedicada a una erección infantil y me vuelve a invadir el tedio y lo convierte en infumable. 

«Son casi las seis de la tarde, un verano tarído y sofocante...Hace mil novecientos ochenta y seis años nació un profeta en Judea. Treinta y tres años después fue crucificado, pero al cabo de tres días resucitó y subió a los cielos. No sin haber prometido que regresaría. Hasta el día de hoy, sin embargo, no lo ha cumplido. A ese retraso le debo el hecho de que, ya ves, todavía tengo unas manos que me contemplo con perpelidad. No he sido transformado todavía en un abrir y cerrar de ojos, y no he visto aún una tierra nueva ni un cielo nuevo». 

Insiste en ponerse pesado con la biología humana, usa términos complejos que consigo entender por mi experiencia, pero que estoy seguro que buen número de lectores no tienen ni idea de que habla, y se produce un contraste terrible con la belleza de las descripciones de las sensaciones infantiles.

Vuelve a introducir nuevos personajes y pequeñas historias, pero se enreda demasiado en ellas y nunca llega a culminarlas, como sueños interrumpidos justo antes de llegar al éxtasis, de golpear el suelo tras caer por el precipicio o de recibir una traidora puñalada. 

«Hay ciegos que saben que podría ver, pero que por un accidente del destino, no ven, y hay otros ciegos que no tienen conciencia de que les falta algo.». 

Nos relata sus experiencias infantiles hospitalarias y vuelve a explayarse en explicaciones anatómicas (aunque se equivoca cuando menciona las inexistentes "arterias yugulares" y menciona sin venir a cuento el área de Wernicke) y en la descripción de enfermedades y sus síntomas (aunque le coloca a la Enfermedad de Reiter algunos síntomas que no salen en los tratados de patología médica), en un empecinamiento repleto de soberbia y con una insistencia pertinaz en hacerse ininteligible. Hay que ir descifrando si pasa algo en medio de toda esa parafernalia de palabras.

«El cuerno de Amón y el fascículo mamilotaálmico, el núcleo de la habénula y el fórnix, bajo la bóveda de cuarzo del encéfalo, contienen miles de tubos transparentes por los que circulan las pinturas y los colores y los miles de estudios en los que pintores con cincueta manos copian, restauran, recortan y mezclan y separan, pintan pastiches y réplicas y copias, falsifican fechas y firmas...».

Llega la parte final y parece que algo se va a enderezar porque volvemos a una de esas historias inacabadas y parece que va a acabar, pero se convierte en una explosión tremenda de palabras entre las que están intercaladas algunas frases memorables pero se me hace imposible recrear la escena en mi mente, no consigo encontrarle ningún sentido, incluso navega en lo contradictorio, está tan adornado que ya no es barroco, es churrigueresco y, claro, a mi me va más el románico.

El autor pretende dibujar un cuadro de Dalí, pero resulta que está escribiendo y un lector casi analfabeto (como yo) tiene muy difícil recrear los colores en su mente. De hecho, podría largarles un discurso sobre la percepción de los colores en las áreas estriada (de Genari) , la periestriada y la paraestriada y sus conexiones con otras regiones encefálicas y porqué (por lo menos para mí) es tan difícil recrear los colores mentalmente.

«Tal vez en el corazón de este libro no haya sino un grito amarillo, cegador, apocalíptico...». 

Ya ven ustedes, igual que él, les he largado un discurso sobre las áreas occipitales del córtex y podría hablarles de su distribución retinotópica, de los niveles horizontal y vertical de la corteza, del entrecruzamiento quiasmático que envía la mitad de una retina a un lóbulo y la otra mitad al otro, de las conexiones con el cuerpo geniculado lateral en el tálamo y con el colículo superior en el mesencéfalo, cercano a los núcleos motores de los nervios oculomotores, de como desde la decusación de los fascículos tectoespinales (de Forel) se conectan con neuronas motoras de las astas anteriores de la médula, sus conexiones con el fascículo longitudinal medial  (cintilla medial de Reil) y como se implican éstas en los reflejos oculares y ustedes no entenderían casi nada, como la mayoría de los lectores no han entendido la mitad de lo que ha escrito el autor en este libro. 

«Este no es tu reino. Tú tienes que salir, encontrar tu mundo, en el que hayas estado y que, sin tú saberlo, añoras. Tienes que encontrar la salida, ese es el objetivo de tu vida, la regla del juego en el nivel en el que te encuentras». 

Me doy por vencido, me tiro en la lona tras el último asalto, solo con la satisfacción de haber llegado al final aunque haya perdido a los puntos.

«El arte de creer es el arte de desechar».  

Benigno F.

 


 

  

 

 

 

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