El roberonio, el elemento químico imprescindible para la construcción de las máquinas de creación de energía inagotable, que permitían el dominio de la Unión de Repúblicas Olímpicas sobre el resto de los países mediante la venta de energía, había sido robado por el espía Prometeo. Ahora, aunque todavía no dominaban por completo su uso, el resto de los estados habían disminuido su dependencia energética, la economía se resentía y los olímpicos estaban preocupados porque consiguieran desarrollar la tecnología para crear los sarcófagos de rejuvenecimiento y curación de los que disfrutaban solo ellos y su dominio declinara. Zeus, el presidente de la Unión de Repúblicas Olímpicas, planeó junto con su científico más brillante, Hefesto, una estrategia para impedir el uso del roberonio fuera de sus dominios. Crearon el bridión, un compuesto químico que, una vez liberado a la atmósfera, era capaz de bloquear el roberonio por un mecan...
El Dr. Fernando Barrientos llevaba seis meses de rotación, procedente del Hospital Ramón y Cajal de Barcelona, en el servicio de Neurocirugía del Hospital Princesa Fernanda de Santander y en ese tiempo se había hecho imprescindible, siempre disponible, atento y competente. Pacientes, compañeros y enfermeras estaban encantados. Su habilidad en el manejo del microscopio quirúrgico era encomiable y su noviazgo y próxima boda con la instrumentista más apreciada del quirófano era notorio y admirado. Hacían una pareja envidiable. Ella con ese encanto natural que desprendían sus bonitos ojos almendrados y castaños por encima de la mascarilla, su voz de locutora de radio y una gran habilidad para ofrecer el instrumento necesario antes de que lo pidiera el cirujano. Él siempre formal y bien vestido, con unas maneras exquisitas y un temple en el quirófano extraordinario, paciente para la docencia, nunca una palabra más alta que la otra, incluso en los peores escenarios...