Entró voluntariamente en el sanatorio, pero no le dejaban abandonarlo. No estaba de acuerdo con su diagnóstico. Catatonia crónica, habían anotado los médicos en el historial, porque solo hablaba lo imprescindible, porque habitualmente se le perdía la mirada y no miraba de frente, porque se ensimismaba dialogando con unas voces en su cabeza, esas que a veces en la medianoche le despertaban ansioso, cuando llamaba a la enfermera. Se cansó de dar explicaciones y pasó al mutismo casi absoluto.
Salía todos los días a caminar mañana y tarde, calzado con zapatos de charol, a veces con polainas, impecablemente vestido, siempre con traje gris, chaleco abotonado y sombrero bombín, fuera verano o invierno, hiciera sol, lloviera o nevara. Eso sí, acompañado siempre de un paraguas colgado de su antebrazo derecho. Unos días salía por la derecha y otros por la izquierda. Andaba y erraba, dando vueltas interminables por el enorme parque y el bosque que rodean la residencia, se paraba ante los muros y las verjas, pensativo y daba media vuelta, consultaba el reloj de su faltriquera y volvía a la hora del almuerzo o de la cena.
Desde que murió su hermana, venía a visitarle un amigo, decía que era su representante legal y literario. Solo a él respondía con breves sentencias. Paseaban ambos sumidos en un silencio feroz, él con su sempiterno paraguas, su acompañante con las manos unidas en la espalda, muchas veces iban a pueblos cercanos y posadas, siempre andando.
Trabajó de muy joven en un banco, luego como escribiente en varias empresas y durante un tiempo como mayordomo en un castillo en Silesia, pero en su ficha del frenopático figuraba como profesión escritor, aunque ya no escribía, se sentaba todas las tardes ante el escritorio con papel, tintero y pluma, dicen que en su juventud publicó bastantes libros sobre todo de poemas. Creo que era rebeldía por su falta de libertad.
Un día, pese a la intensa nevada caída en la noche, salió a caminar, no le dieron importancia, solo se preocuparon cuando no regresó para el almuerzo. Lo encontraron, tendido entre los árboles, sobre la nieve, sin pulso, frio, los ojos suavemente cerrados, su arrugado rostro con gesto tranquilo, algunos dijeron que por debajo del bigote le asomaba una sonrisa. En su bolsillo hallaron un papel arrugado en el que había escrito con perfecta caligrafía inglesa: “Camino para no olvidar que estoy vivo”.
Benigno F.
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