Este escritor tiene el premio Noble, por algo será, pensaba yo antes de empezar y tras leer pocas líneas de esta novela, ya asoma la maestría en el manejo de la prosa y también la dificultad que tiene su obra para el lector. Igual es eso lo que les gusta a los que dan el premio, que los escritores sean difíciles, que la obra no sea fácilmente accesible a cualquier mortal, que haya que esforzarse para no abandonar la lectura.
Le pasa como a las obras de arte de pintura o escultura, que algunas parecen cualquier cosa menos una obra maestra, que hay que tener mucho conocimiento para apreciarlas de verdad y así no es fácil emocionar al pueblo llano.
Este escritor oculta sus mensajes (porque la obra los tiene) en una historia, a veces mareante, a veces desordenada, crea historias y mundos paralelos dentro de un manuscrito misterioso, que no siguen estrictamente una estructura lineal, por suerte vuelve a su personaje principal, Korim y el lector encuentra sosiego en los pensamientos y actos de un hombre desquiciado por entender, por encontrar un propósito y dispuesto a sacrificarlo todo por ello, incluida la vida.
En realidad, todos los personajes de la obra buscan una cosa, la paz, y cuando la encuentran, fácilmente se ve turbada y ello les lleva de forma constante a la huida. Ahí es cuando el lector se ve reflejado, y también perdido, igual que los personajes, y constata, de forma desesperante, la falta de sentido de la vida.
Todo ello sucede si se consigue llegar al final de la novela, al que solo se puede llegar si el lector deja de intentar manejar los remos de la barca y se rinde a dejarse llevar en ese mar caprichoso que nos lleva a la deriva.
Benigno F.
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