Hoy me he vuelto a poner en pie para predicar sobre mi caja en la puerta del supermercado. Algunos acólitos me han pedido que hable de la muerte, de abandonar el cuerpo y dejar lo material. De si me parece real el otro barrio, de si nos queda esperanza más allá de esto a lo que llamamos vida, de si la muerte es una liberación o sólo un castigo más, o simplemente un abandonarse a un sueño para descansar. Se muestran preocupados por recientes ausencias, buscan consuelo en mis palabras. Nadie quiere hablar sobre ello, casi todos se giran de inmediato al escuchar algunas pinceladas de mi breviario, pero hay que reconocer que existe, que está presente, como mínimo de vez en cuando. La pérdida de convicciones generalizada de la sociedad occidental se ha asociado a esta negación, nadie quiere entender o asumir que nada más nacer te entregan la sentencia "sine die". Y todavía resulta más incomprensible cuando esa sentencia se cumple, especialmente cuando de forma injusta se abre...